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Carta abierta a mi tío: El chavista

La distancia duele, sobre todo cuando aquello pasa tan cerca de la vida y uno tan lejos de los hechos. En 7 años, dos contactos con mi tío, el chavista: uno, para agradecerme el regalo desde donde hizo el segundo: ese, con el que osó burlarse de la desesperanza que da la incertidumbre de un retorno sin fecha, porque sus amigos se robaron la elección.

Por José Alejandro Aristimuño.- Después de sublevarse en 1992 y fallar estrepitosa, pero violentamente en su intento por derrocar un gobierno democrático, el golpista Hugo Chávez fue detenido y posteriormente sobreseído por el Estado que gobernaba Rafael Caldera en 1994.

4 años después, el asaltante de Caracas irrumpió en la escena política. En una Venezuela de 23 millones de habitantes para ese año y sólo con casi 7 millones de votantes, Hugo Rafael obtuvo 3.673.685 sufragios a su favor. Una pírrica representación del país, pero suficiente en democracia para ganar una elección. Así se hizo legítimamente presidente, para después y una vez en el poder, producir la dictadura más atroz de la región en los últimos 30 años.

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Uno de los votos con los que llegó a Miraflores desde donde inoculó el totalitarismo que hoy sostiene Maduro, lo dio el destinatario de esta carta abierta: mi tío.

Hola.

Te escribo desde mi destierro. A unos 7 mil kilómetros de nuestro país. Nuestro, porque insisto en que también es mío.

Te escribo desde la democracia, a la que una vez y ya estando aquí, te referiste desde tu facebook con foto del Ché, Fidel y Chávez, para hacerme saber que el expresidente de este país presuntamente violaba derechos humanos (Vaya gallardía), pero nunca una referencia a lo que pasa en el nuestro. Nuestro, porque insisto que también es mío.

Te escribo, abiertamente, porque en el último contacto no hubo tiempo para más. Ni ganas, ni tolerancia, ni tampoco respeto. Te escribo, con la certeza de la burla y la indolencia como respuesta ante mi queja y desahogo público, que es el de -seguramente- muchos que ven en ti, el reflejo de uno de los suyos y en mí, el de ellos. El de nosotros, los desterrados de nuestro país, porque insisto en que también es mío.

El día después que uno de los tuyos volcara su abuso de poder sobre mí, desatando una ola de persecución y con ello mi destierro, sentado en una de las sillas del antejardín de la casa donde alguna vez fuimos felices (fuimos. Porque desde luego que hay recuerdos que te incluyen), sé que sin ningún interés más allá de la cortesía, preguntaste porqué ese lunes no estaba en el canal del que el chavismo me sacó arbitraria y violentamente. Dudé por segundos contarte lo que pasaba, sólo porque la confianza en ese entonces ya estaba quebrada. Es que supe, nunca por ti hasta ese entonces, de tus comentarios peyorativos y conspiranoicos hacia mi ascendente carrera, en ese momento ya truncada por tu ideología. Aún así lo hice, buscando, confieso, quebrar la distancia que el chavismo implantó entre nosotros (el resto de la familia) y tú: un acérrimo “revolucionario” que hipotecó el cariño y los afectos por la dictadura que desmembró los corazones de tus hermanos tras la partida a cuenta gotas de sus hijos: tus sobrinos. Fue, entonces, la primera vez que cuestioné a Rubén Blades ¿Familia es familia?

No hubo despedidas. Al menos no contigo. Porque el dolor del exilio forzado ya era suficiente para tener que escuchar las burlas y la indolencia de quien simplemente se mantiene incrédulo de los embates de la dictadura chavista en las familias de más de 8 millones de venezolanos que se “tuvieron que ir” o que más bien, “los fueron”. Actitudes, que de este lado del mundo le llaman “negacionismo” y que seguramente haz enarbolado muy bien, para referirte a los embriagados de poder y que sólo con el fin de atornillarse a presidencias, persiguieron, torturaron y desaparecieron ciudadanos. Me refiero a los pinochetistas, aunque la descripción calza muy bien con tus “camaradas”.

La primera vez que hice videollamada con mis padres, tras el exilio, fue meses después de haber llegado a tierras australes. Sabía que se abría una puerta dolorosa, pero necesaria para recibir el amor tan necesario de ellos. Sabía que aquello se convertiría en una bitácora para verlos envejecer, a través de una pantalla. Y dicen que el que no lo vive, no lo siente, por eso pedirte empatía al respecto es, por lo menos, una hazaña.

7 años han pasado desde entonces. Muchas cosas han cambiado ¡vaya que sí!. Otras no, entre esas, tu testarudo negacionismo que cuanto más violento es el chavismo, más indolente se convierte.

10 de 13 de tus sobrinos están afuera. Ninguno por turismo, o porque «empujados para crecer en otras tierras, lo decidieron»; como me quisiste decir en el último contacto que tuvimos. Todos fueron a buscar en el exterior, lo que el chavismo -tu ideología- les (nos) quitó: Un futuro próspero, una salud de calidad, seguridad y oportunidades. Todos ven envejecer a tus hermanos a través de una pantalla de celular.

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Yo en cambio, no quise irme. Pero me expulsaron. Me expulsó por cierto una ilegítima y poderosa militante del chavismo a la que defiendes contra vientos y mareas, incluso por encima de la propia historia de uno de los tuyos. Es negacionismo, pero a estas alturas, también es complicidad con los victimarios: osaste recomendar “dejar” lo que a tu juicio es “amarillismo”, insinuando incluso hasta “corrupción”, refiriéndote al trabajo periodístico. El mío y el de centenares de colegas que han sido perseguidos y exiliados por el chavismo. Pediste moderar el odio, sin cuestionar quien lo causó. Y me llamaste, entre otras cosas más, “irresponsable” por recordarte desde donde te escribo y sobre todo, por la razón del porqué estoy aquí. Ponderaste de nuevo tu ideología y arrasaste con cualquier atisbo de respeto y cordialidad. ¿Cariño es cariño? Vuelvo a cuestionar a Rubén Blades.

7 años han pasado desde que pisé por primera vez la tierra de mi exilio. Son exactos 2.535 días, 60.840 horas, 3.650.400 minutos. En 7 años: muertes, desarraigos, más migración y enfermedades sin curas nos han pasado por el frente. Y nunca una reflexión, menos el regreso de una foto tuya a tu perfil de facebook, donde con insistencia permanece la del Ché, Fidel y Chávez.

La distancia duele, sobre todo cuando aquello pasa tan cerca de la vida y uno tan lejos de los hechos. En 7 años, dos contactos con mi tío, el chavista: uno, para agradecerme el regalo desde donde hizo el segundo: ese, con el que osó burlarse de la desesperanza que da la incertidumbre de un retorno sin fecha, porque sus amigos se robaron la elección.

Por José Alejandro Aristimuño

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